miércoles, 19 de mayo de 2010

El mito de los cuatro millones en la diaspora...

Por años se nos ha estado diciendo que hay mas puertorriqueños viviendo en los Estados Unidos Continentales que los que viven en Puerto Rico.  Esto es una inexactitud que debemos corregir.

Ciertamente una gran cantidad de puertorriqueños ha emigrado a los Estados Unidos y residen permanentemente allá.  Pero decir que allá hay mas puertorriqueños que en la Isla no es correcto.  Si se va a hacer una comparacion como esta entonces hay que tomar en cuenta únicamente a los puertorriqueños que nacieron en Puerto Rico y luego se mudaron a los Estados Unidos.  En esta comparacion directa no se debe tomar en cuenta a sus descendientes.

Mas allá del emocionalismo de la Parada Nacional Puertorriqueña o del orgullo étnico cuando algún boricua se destaca públicamente, es imposible determinar a ciencia cierta cuanta identificación real con Puerto Rico tiene una persona no nacida en Puerto Rico.  Es algo parecido a la diferencia entre un judío y un israelita sabra; es decir, nacido en territorio de Israel. Ciertamente existen unos lazos entre ambos grupos, pero no todos los judíos son de nacionalidad israelita, ni todos los nacionales de Israel practican la religión judía.  Una gran mayoría, aun cuando se identifican con las tradiciones y costumbres judías, en realidad no practican religión alguna.

Existe una diferencia real entre lo que es ser un judío y lo que es ser un israelita.  Y esa diferencia es mas notable cada día. No son términos antagónicos ni opuestos, pero cada término tiene su connotación particular.

Igualmente sucede entre los puertorriqueños nacidos y criados en Puerto Rico y los descendientes de estos que han nacido, se han criado y se han adaptado a la vida y la cultura de otro lugar.  Siempre existirán unos lazos profundos entre ambos grupos.  Pero ambos grupos no son exactamente iguales.  Una persona nacida y criada en Nueva York, que nunca ha vivido ni participado de la realidad diaria de la sociedad puertorriqueña no es igual a una persona que día a día participa de la sociedad de Puerto Rico en Puerto Rico.  Por tanto al comparar a los puertorriqueños nacidos en y aculturados a la forma de vivir en otro sociedad con los puertorriqueños nacidos y adaptados la la forma de vivir en Puerto Rico se están comparando dos cosas que no son exactamente iguales, aun cuando sean parecidas y esten relacionadas.

Sentido común nos dice, por ejemplo, que un puertorriqueño nacido en Puerto Rico siente un arraigo y una conexión de tipo filial con la tierra, el medio ambiente, y la forma de funcionar de la sociedad de Puerto Rico. Uno nacido y criado en Nueva York no siente eso.  Para él sus recuerdos de la niñez, de la crianza, del ritmo de la vida, provienen de Nueva York. Y aunque atesore su herencia puertorriqueña, existe toda una gama de elementos culturales y memorias divergentes entre esta persona y una nacida y/o criada en Puerto Rico.

Aun en el caso de aquellos que nacieron en Puerto Rico y luego emigraron a otro lugar, su puertorriqueñidad no puede ser asumida sin previo análisis. Albizu correctamente dijo que la patria es de los que la afirman, no de los que la niegan.  El mero hecho de emigrar a otro lugar no significa que una persona haya negado su patria.  Pero aun para los que viven en su tierra natal, su patriotismo depende de sus actos y sus actitudes hacia su tierra y la comunidad en ella establecida.

Muchos puertorriqueños nacidos y criados en Puerto Rico que luego emigraron y se establecieron en otro lugar, la gran mayoría en los Estados Unidos, han sabido valorar, reafirmar, preservar y fomentar su identidad puertorriqueña.  Desde la diáspora han sabido luchar y promover el bienestar de su patria natal.  Estas personas son las que deben tomarse en cuenta para determinar cuantos puertorriqueños viven en Puerto Rico versus cuantos puertorriqueños viven en los Estados Unidos u otro lugar exterior a Puerto Rico.  Pero aquellos que han renegado de su identidad puertorriqueña, se han adaptado social y culturalmente a otra realidad, no pueden reclamar igualdad para fines de nacionalidad con los que han preservado y mantenido su identidad nacional puertorriqueña.

¿Cuantos puertorriqueños y descendientes de puertorriqueños viven en los Estados Unidos?  Posiblemente alrededor de cuatro millones.  ¿Cuantos de ellos mantienen la plenitud de su identidad nacional puertorriqueña, anhelan regresar a Puerto Rico, valoran el Español como su idioma primario...  Cuantos se preocupan por los asuntos de Puerto Rico, y están dispuestos a sacrificar su vida y su propiedad, defendiendo y promoviendo los intereses vitales de Puerto Rico?  No creo que sean una mayoría, y entre más especifico y exigente se es en estos requisitos, menor es el por ciento.

Somos familia, existen lazos indisolubles entre la comunidad y la sociedad puertorriqueña establecida en Puerto Rico y  la diáspora y la descendencia de esta diáspora en Estados Unidos y en cualquier otro lugar ha donde la misma haya llegado.  Pero también existen diferencias.  No es exactamente lo mismo ser un puertorriqueño nacido, criado y comprometido con las necedades vitales de la sociedad puertorriqueña en Puerto Rico, y un puertorriqueño que aunque nació y se crió en Puerto Rico, en un momento dado emigró a otro lugar, allí se estableció, allí hizo su hogar, allí echo sus raíces y allí se comprometió con el bien y el progreso de su nuevo hogar, de su nueva patria funcional. Más aun existe una diferencia real entre un puertorriqueño que vive en Puerto Rico, comprometido con las necesidades funcionales de la sociedad en que vive, y un descendiente de emigrantes puertorriqueños, para quien Puerto Rico es en esencia una memoria idealizada que han heredado de sus padres.

Existen diferencias reales entre el puertorriqueño de Puerto Rico y el de la diáspora.  Por tanto, si vamos a convivir bajo la sombrilla amplia de la puertorriqueñidad, debemos analizar y asimilar esas diferencias, reconociendo que no es ni puede ser la diáspora la que defina lo que un puertorriqueño es, sino que es a la sociedad puertorriqueña en Puerto Rico a la que se le debe reconocer ese derecho.

El mito de los cuatro millones de puertorriqueños en Estados Unidos, tiene el propósito inconsciente y el efecto práctico, de minimizar la importancia de la sociedad puertorriqueña en Puerto Rico a la hora de definir la puertorriqueñidad, y pretende que sea la diáspora la que determine que es Puerto Rico, quien es puertorriqueño, en que consiste la puertorriqueñidad, y cual debe ser su destino.  Eso no debe ser, ni la Sociedad Puertorriqueña debe permitirlo.

El centro de la Puertorriqueñidad está y debe estar en Puerto Rico: El lugar de origen colectivo, donde toda la sociedad funciona en base a la realidad étnica, cultural, mítica y profética típicamente puertorriqueña.  Tratar de mudar ese centro a la diáspora, ya sea en Nueva York, Orlando, Miami o cualquier otro lugar no es correcto.  Su efecto sería desintegrar la identidad colectiva, desde su mismo núcleo, convirtiendo al puertorriqueño de la diáspora estadounidense en un hispano más, sin sentido de identidad ni origen particular.

Si esto es lo que se quiere, si lo que se busca es desarrollar una identidad hispana-estadounidense común a todos los estadounidenses de origen hispano, eso es algo que la comunidad hispana de los Estados Unidos tendrá que determinar y desarrollar a través de los años.  Pero en ese proceso, que no incluyan a Puerto Rico, ni a la sociedad aquí establecida, porque nuestra sociedad, cultura  e identidad colectiva es una nacional, con un sentido de origen mítico, proposito  y destino propio que no busca ni quiere, ni permite su asimilación a otra entidad nacional.

La diáspora puertorriqueña, por tanto y eventualmente, tendrá que enfrentar la dolorosa decisión de escoger entre ser puertorriqueños primero, o ser hispanos-estadounidenses primero.  No se puede ser ambas cosas a la vez.  Se puede ser una cosa y mantener una respetuosa relación con la otra. Pero la indecisión no es conveniente.

Y esa decisión, claro esta, le corresponde a la diáspora, no a la sociedad puertorriqueña en Puerto Rico.  En Puerto Rico no somos parte de la minoría hispana, sino que somos parte de la sociedad y de la nación puertorriqueña, que desde esta realidad y esta perspectiva nos relaccionamos con el gobierno federal, con los gobiernos estatales, con la diáspora, con la comunidad hispana en Estados Unidos, con los paises Independientes a lo largo y ancho del mundo y con todo aquel que quiera relacionarse con nosotros.

La relación entre Puerto Rico y la diáspora es importante y debe mantenerse y desarrollarse saludablemente, pero para hacerlo tenemos que bregar con realidades; no con mitos, exageraciones o inexactitudes.  Reconociendo cada grupo su realidad y su particularidad dentro de la sombrilla amplia de la puertorriqueñidad nos beneficiaremos mutuamente.  De otra forma tarde o temprano entraremos en conflicto.  Y en este conflicto Puerto Rico, como siempre luchara, para sobrevivir y eventualmente triunfar.
Publicar un comentario